jueves, 15 de septiembre de 2016

REVELACIONES DE 30


Llegué a los 30 y he visto que la mayoría de cosas que he descubierto son buenas, sin embargo hay algo que quisiera cambiar -es difícil- y que no está implícito en una edad específica sino en el pasar de los años, cuando uno va creciendo.

Hace poco una pitonisa/amiga, me envío el fragmento de un libro cuyo título era "Ocúpate de tus asuntos", al principio pensé “Ah muy bien me está diciendo Maruja (Entiéndase como chismosa)” ya luego leí y entendí que no se trataba de una indirecta sino de una directa. Esta directa consistía básicamente en saber ocuparse de lo realmente importante y lo realmente importante es uno mismo. Ya sé que suena a retiro espiritual pero me puse a pensar y es verdad, cuando uno es niño solo le importa divertirse con los demás sin estar pensando “Ay Juanito cómo es de incumplido”, “Ja, Marianita cómo se engordó, ¿no?”, “Han visto a la novia de Tomasito, es como coqueta”. Nada de eso existe cuando uno es niño, a uno solo le preocupa comer dulces y andar por ahí todo cochinito. Mientras que cuando se es mayor, las preocupaciones recaen en los demás, en cómo se vistió, en por qué se comportó así, en cómo habló delante de todos, en que llegó tarde, en qué dirán de mí, en lo que se comió y lo que no, o si eso que se comió le hizo daño o la llamó al otro día; todo se resume a la vida de los demás.

Por esto decidí hacer un experimento el cual consistía en ver cuántas veces al día, mis pensamientos o comportamientos se dirigían a los demás y cuando esto pasaba tenía que darme un golpe. Claramente terminé cascada. Después me puse a ver cuántas veces las personas a mi alrededor hacían lo mismo y si hubiera aplicado lo de los golpes hubiera cascado a más de uno y me hubieran devuelto el golpe seguramente. Dos cascadas en un día eran más de lo que podía soportar, por eso solo saqué cuatro grandes conclusiones que a continuación les comparto:
  • Con el tiempo que se invierte en hablar de los demás, se podrían leer tres libros al mes.
  • Esperar a que todo el mundo esté de acuerdo con cada cosa que se hace es una pérdida de tiempo.
  • Estar pendiente de todo lo que hacen los demás no solo la convierte en una Maruja, sino también en una bruja.
  • En vez de estar mirando los conejitos ajenos, mírese los que le cuelgan a usted.

Y no es que yo me crea Dalai Lama. Créanme cuesta mucho trabajo desprenderse de estas “costumbres” tan inherentes al ser humano, pero uno si puede ir desapegándose un poco de ellas hasta no necesitarlas más.




En conclusión, hay que hacer lo que uno quiere sin dañar a nadie, sin preguntarle a nadie y sin esperar que todos estén contentos. Aplique esto con la ley conmutativa –para algo tenían que servir las matemáticas de primaria- y deje que los demás también hagan lo que les nace.

Gracias amiga/pitonisa.
Ilustración: Moiz Martinez.