martes, 18 de febrero de 2020

¡De dientes pa’ fuera!

¿Cuántas de ustedes son increíbles dando consejos, haciendo reír, subiendo el ánimo, diciendo cosas maduras y sabias, pero, cuando van a ver su vida está hecha un 8, un manojo de problemas, un país de indecisiones, un cable de audífonos, un tapete que guarda todo el mugre por debajo (el corrector me dice que se escribe la mugre, pero, para mí es como decir la calor)? ¿Ah? ¿Cuántas?

¿Cuántas son mejores arreglando los problemas ajenos que los propios? O alguien me puede explicar: ¿Por qué para uno es fácil decirles a otros: “mande a la mierda eso” -y por eso me refiero al man o a la vieja, dependiendo del caso- pero, cuando uno se lo dice a sí mismo lo entiende así: “Nooo, aguanta, enamórate más, es increíble, que sea un idiota se puede cambiar, tranquila, respóndele, bésalo, bótate como gorda en tobogán” aun sabiendo que el tobogán no tiene AGUAAAAA.

¿Por qué Dios?
¿Por qué predicas y no aplicas? Okey esto no es contra Dios.

Ya sé que es más fácil decir que hacer, pero, a veces uno da con personas que lo tienen todo resuelto, o uno cree eso y da hasta pena volverle a contar las cosas, para que intente con un libro de colorear explicarle a uno lo idiota que es y repasar de nuevo los pasos a seguir. Lo peor es que uno sale de esas sesiones empoderado, listo para ser alguien nuevo, renovado y con ínfulas de “esto no me va a quedar grande”, pero, pummmmmm, cinco minutos después se encuentra con la situación y efectivamente es talla XXXL.

Para mí lo mejor, es decir: Dios proveerá, porque nadie tiene la verdad de lo que pasa realmente en la situación, por lo general se dan versiones “súper” acomodadas y los consejos se basan en ellas y el que quiere tomar una decisión o hacer un cambio, no necesita que todo el mundo se lo confirme. No digo que este mal pedir consejos, solo digo que uno siempre sabe en el fondo lo que está bien, lo que se siente bien, lo que da tranquilidad, y muchas veces se piden consejos solo para tener excusas que permitan alargar la situación.

Acabo de darme cuenta de que, en sí, esta entrada es un consejo y yo soy esa amiga que siempre sabe qué hacer en casos ajenos, pero, en propios ni el diablo quiere entrar a escoger.

miércoles, 22 de enero de 2020

Despedirse


Despedirse nunca es chévere, desde tener que dar varios besos, abrazos y apretar manos, hasta decir “hasta luego” y que nadie responda, tener que decir porqué te vas o peor aún despedir a alguien que no se quiere ir. Las despedidas no son fáciles tampoco y aunque a veces son felices, la mayoría dan tristeza. En general son incómodas porque son un recordatorio del “no sé si nos volvamos a ver, Dios no lo quiera alma bendita” y eso las hace peor aún.

Cuando te despides puedes sentir tres cosas: un gran alivio, un puño en la cara o nada. Alivio por irte de un lugar que odiabas, un puño en la cara porque no querías irte y te tocó o te fueron, o nada porque pues te valía tres. No hay nada lindo en las despedidas, lo lindo se ve más adelante, minutos, horas, días, meses o años después. Yo las odio porque casi nunca sé cuándo irme, a veces me voy muy rápido, a veces muy tarde, a veces no me voy -incluso sabiendo que me hubiera encantado saltar por la ventana- a veces no me despido solo desaparezco, a veces incluso me despiden y no lo noto. De hecho, escribiendo sobre esto sudé, jajaja ya sé es desagradable igual que las despedidas. Pero, esto que odiamos tanto es lo más necesario en el mundo, las despedidas te enfocan, te empujan a comenzar de nuevo, te hacen extrañar y que te extrañen, te dan espacio, te muestran lo que quieres; a las malas sí, muchas veces sí, te dan en la jeta ¡obviooooo! Pero, al final las agradeces.

Aprender a despedirse es todo un arte, saber el silencio exacto en que ya tienes o puedes decir adiós y que te asegura que te escuchen, o la distracción precisa para que nadie sepa que te fuiste, o darse cuenta que se despidieron de ti y aceptarlo. Creo que nadie sabe aún cómo hacerlo sin sentirse raro, triste o incómodo, pero, al final todos las vivimos y hay que empezar a disfrutarlas así nos duela la panza.