martes, 7 de abril de 2020

Adicciones

Normalmente creemos que las adicciones son al alcohol, al tabaco o a la droga, pero, en estos días muchos hemos descubierto que todos tenemos una, no necesariamente una que mata físicamente, sino aquella que de a poquitos -songo sorongo- se va robando algo de cada uno. Una que solo se detecta cuando no está, obvio, así funcionan todas las adicciones, porque nos mandan directo al síndrome de abstinencia.

Muchos, seguro han descubierto que son adictos al trabajo, porque qué delicia madrugar y demás. O al Transmilenio porque nada mejor que empezar el día con miedo de morir asfixiado. Otros, al riesgo de adquirir salmonella con la empanada de la esquina. O a bañarse todos los días. O a dormirse tronchado encima del computador. Mejor dicho, adicciones es lo que hay y ahora que no tenemos nada de eso, seguro estamos adquiriendo otras o descubriendo una de las más antiguas que existe y que nadie acepta: adicción a las personas.

¿Cuántos ya se dieron cuenta de que son adictos a alguien?

La primera señal es la pedidera de fotos a cada rato, como si la jeta le fuera a cambiar a uno en dos o tres horas, ojalá sí, pero, la verdad es que eso no pasa. La segunda son las video llamadas y aceptar el hecho que lo vean a uno en obra negra, porque ¿quién se arregla en cuarentena? La tercera es pensar que como estamos en cuarentena la persona tiene todo el tiempo del mundo para responder rápido. Y, por último, la cuarta y más clara: rayarse porque todo lo anterior no pasa.



Pero, lo que hay que entender es que, si no pasa, el único adicto de los dos es usted y tiene que empezar a desintoxicarse a las malas, aprovechando que todos tenemos que estar en casa. Los médicos dicen que para limpiarse de la peor droga necesitamos aproximadamente 10 semanas de abstinencia, en cuarentena llevamos 3 y vamos por más, entonces saquémosle jugo al servicio de rehabilitación gratis que el universo nos está dando y expulsemos de nuestro organismo lo que no funciona. Lo que no nos hace bien. 

Ilustración: Por una de mis personas favoritas @eddmarquez 

martes, 18 de febrero de 2020

¡De dientes pa’ fuera!

¿Cuántas de ustedes son increíbles dando consejos, haciendo reír, subiendo el ánimo, diciendo cosas maduras y sabias, pero, cuando van a ver su vida está hecha un 8, un manojo de problemas, un país de indecisiones, un cable de audífonos, un tapete que guarda todo el mugre por debajo (el corrector me dice que se escribe la mugre, pero, para mí es como decir la calor)? ¿Ah? ¿Cuántas?

¿Cuántas son mejores arreglando los problemas ajenos que los propios? O alguien me puede explicar: ¿Por qué para uno es fácil decirles a otros: “mande a la mierda eso” -y por eso me refiero al man o a la vieja, dependiendo del caso- pero, cuando uno se lo dice a sí mismo lo entiende así: “Nooo, aguanta, enamórate más, es increíble, que sea un idiota se puede cambiar, tranquila, respóndele, bésalo, bótate como gorda en tobogán” aun sabiendo que el tobogán no tiene AGUAAAAA.

¿Por qué Dios?
¿Por qué predicas y no aplicas? Okey esto no es contra Dios.

Ya sé que es más fácil decir que hacer, pero, a veces uno da con personas que lo tienen todo resuelto, o uno cree eso y da hasta pena volverle a contar las cosas, para que intente con un libro de colorear explicarle a uno lo idiota que es y repasar de nuevo los pasos a seguir. Lo peor es que uno sale de esas sesiones empoderado, listo para ser alguien nuevo, renovado y con ínfulas de “esto no me va a quedar grande”, pero, pummmmmm, cinco minutos después se encuentra con la situación y efectivamente es talla XXXL.

Para mí lo mejor, es decir: Dios proveerá, porque nadie tiene la verdad de lo que pasa realmente en la situación, por lo general se dan versiones “súper” acomodadas y los consejos se basan en ellas y el que quiere tomar una decisión o hacer un cambio, no necesita que todo el mundo se lo confirme. No digo que este mal pedir consejos, solo digo que uno siempre sabe en el fondo lo que está bien, lo que se siente bien, lo que da tranquilidad, y muchas veces se piden consejos solo para tener excusas que permitan alargar la situación.

Acabo de darme cuenta de que, en sí, esta entrada es un consejo y yo soy esa amiga que siempre sabe qué hacer en casos ajenos, pero, en propios ni el diablo quiere entrar a escoger.