miércoles, 22 de enero de 2020

Despedirse


Despedirse nunca es chévere, desde tener que dar varios besos, abrazos y apretar manos, hasta decir “hasta luego” y que nadie responda, tener que decir porqué te vas o peor aún despedir a alguien que no se quiere ir. Las despedidas no son fáciles tampoco y aunque a veces son felices, la mayoría dan tristeza. En general son incómodas porque son un recordatorio del “no sé si nos volvamos a ver, Dios no lo quiera alma bendita” y eso las hace peor aún.

Cuando te despides puedes sentir tres cosas: un gran alivio, un puño en la cara o nada. Alivio por irte de un lugar que odiabas, un puño en la cara porque no querías irte y te tocó o te fueron, o nada porque pues te valía tres. No hay nada lindo en las despedidas, lo lindo se ve más adelante, minutos, horas, días, meses o años después. Yo las odio porque casi nunca sé cuándo irme, a veces me voy muy rápido, a veces muy tarde, a veces no me voy -incluso sabiendo que me hubiera encantado saltar por la ventana- a veces no me despido solo desaparezco, a veces incluso me despiden y no lo noto. De hecho, escribiendo sobre esto sudé, jajaja ya sé es desagradable igual que las despedidas. Pero, esto que odiamos tanto es lo más necesario en el mundo, las despedidas te enfocan, te empujan a comenzar de nuevo, te hacen extrañar y que te extrañen, te dan espacio, te muestran lo que quieres; a las malas sí, muchas veces sí, te dan en la jeta ¡obviooooo! Pero, al final las agradeces.

Aprender a despedirse es todo un arte, saber el silencio exacto en que ya tienes o puedes decir adiós y que te asegura que te escuchen, o la distracción precisa para que nadie sepa que te fuiste, o darse cuenta que se despidieron de ti y aceptarlo. Creo que nadie sabe aún cómo hacerlo sin sentirse raro, triste o incómodo, pero, al final todos las vivimos y hay que empezar a disfrutarlas así nos duela la panza.

lunes, 11 de febrero de 2019

El zorro y el unicornio

Él se despertó a eso de las 5 de la mañana, se asustó porque pensó que ya era hora de ir a cazar su desayuno. Pero, recordó que los zorros duermen hasta las 11 y volvió a dormir. Cuando cerró los ojos, soñó que era humano y que amaba profundamente a una mujer, en el sueño ella lo miraba como alguien que ama los browlis -él sabe que se escribe y se dice brownie, pero su mamá dice así déjenlo- y ve uno. 

En ese instante volvió a despertar y entendió que ser humano no es tan malo, si tienes a alguien que te mire como si fueras un browli.

Nota: Historia inspirada en un zorrito de verdad.