miércoles, 12 de diciembre de 2018

¡Chau 2018!


Llegó diciembre, el mes de la reconciliación, de la alegría, del regocijo, pero, también el mes donde uno voltea a mirar y se da cuenta cuánto logro, ganó o perdió. En diciembre todos están felices hasta que escriben los deseos del próximo año y caen en cuenta que son los mismos del año anterior, ahí uno se deprime y dice: ¿Por qué Dios? Lee el papelito con nostalgía y lo vuelve a guardar en la billetera, yo aconsejo que es mejor quemarlo para que el otro diciembre no sea igual de deprimente. 

Hace poco saqué el mío de la billetera y la verdad es que me quedaron muy pocas cosas por hacer: mandé a la mierda lo que no servía, viajé a donde quería, compré solo lo que me hacía feliz, ayudé a quienes lo necesitaban (perritos obvio), me permití conocer a personas que antes no me interesaban y lo más importante, entendí lo que me gustaba realmente. Descubrí la diferencia entre querer bien y querer con ego; la primera forma te hace feliz por más tiempo, la segunda se acaba rápido. Hoy prefiero mil veces estar sola tranquila, que con cualquiera por no estarlo. Entendí que es mejor ser honesto que callar por comodidad. Aparte de ahorrarte malestares, te ahorras tiempo y se lo ahorras a los demás. Hace un año apreciaba a quien me tratara bien -lo sigo haciendo- pero, hoy amo a quien me dice la verdad, así no sea lo que espero.

Este año fue de idas y venidas (más venidas que idas) pero, eso no es problema de ustedes. Lo que si es problema de todos es decir siempre lo que queremos, nada más feo que decir una vaina y hacer otra e ir por la vida pretendiendo que nadie lo nota. Uno siempre sabe qué quiere -o por lo menos qué le gusta- y para qué lo quiere. El detallito está cuando uno quiere varias cosas al tiempo y pues, hay que entender que a veces no se puede. 

En el 2019 vayamos únicamente por lo que nos encanta y nos hace felices, el resto es pasajero, se disfruta en el momento pero, no deja nada al final.

Adiós 2018. Adiós a las cosas que no se dieron. A las que se dieron pero, no sirvieron. A los prejuicios y al "qué dirán". A los "te quiero" sin demostraciones. A los "no puedo". A los que no se atreven. A los adoquines que escupen agua. A la mala cara de lunes. A la máquina de Milo que nunca tiene. A los "amigos" que no se escriben. A las mentiras. A los que dejan abierta la puerta del horno. A los que no se lavan las manos. A los que no saludan cuando llegan a un lugar. A los que no sonríen muchas veces al día. A los que no abrazan cuando les nace. A los que no escriben por orgullo. A la cerveza tibia. Al aguardiente (momentito). A los que tiran las colillas a la calle y a los que no tiran. Mejor dicho adiós al 98% de las personas y al 30% de las cosas (ejjj broma). 

Hola 2019 con todo lo anterior, solo que sin afectarme. 

viernes, 19 de octubre de 2018

¡Estar mal está bien!


Desde que tengo uso de razón (pues, desde que trato) la creencia siempre ha sido que estar triste, bajoneado, deprimido, bajo de nota -diría mi mamá- está mal, que si fracasaste en algo no puedes estar triste, que la felicidad TIENE que ser una constante y si demuestras lo contrario eres débil o desagradecido. Pero, por qué no nos enseñan que en lo malo hay cosas buenas, que del dolor se aprende mucho más, por qué crecemos negándonos a sentir tristeza si ella es la que prueba de que existe la felicidad. Ya sé que sonó muy Titanic, pero es en serio los malos momentos nos llevan a grandes decisiones o cambios o comienzos, sentirse mal está bien.

Cuando estás mal tienes sí o sí dos opciones, te hundes con el dolor o tratas de entenderlo y procesarlo. Sin embargo, nos han enseñado a ocultarlo y eso SÍ ESTÁ MAL, obvio uno no va a andar llorándole al señor de al lado en Transmilenio: “imagínese que me reportaron en Datecrédito, le serví de fiador al infeliz y acá estoy sin vida crediticia…” no hasta allá no, pero, tenemos que aprender a ver el dolor con amor, a entenderlo, a voltearlo a nuestro favor, estar mal nos puede llevar a tomar mejores decisiones, a conocernos y entender nuestras distintas reacciones. En el dolor es cuando más aprendes de ti mismo y sabes cómo actuar en el futuro.

Está bien hundirse en el fango, dejar de comer, mirarse al espejo llorando (y no reírse), ver Netflix sin bañarse, preguntarse cada 5 minutos ¿por qué a mí si soy tan buena?, hablar con amigos de cosas chistosas y en medio de la risa llorar de tristeza, escuchar una canción y que te tiemble la quijada, bostezar para disimular las lágrimas, no ponerse delineador porque el llanto viene en cualquier momento y mapache NUNCA. Todo esto está bien por unos días pero, quedarse ahí más del tiempo que a cada uno le toca no es sano, más bien es un poco patético. Hay que hundirse, no para ser condescendientes con uno mismo sino para identificar lo que realmente duele y porqué, cuando sabes eso es más fácil que todo pase y que la próxima vez afecte menos o no lo haga.

Ya sé que es muy fácil decirlo pero vaya hágalo, obvio es difícil y requiere de mucha fuerza interna. Personalmente siempre es mi ego el que da las primeras declaraciones y opta por mandarlo todo a la mierda, literal, pataleta, mensaje de tres páginas, bloqueo, bloqueo, bloqueo, después un poco más de drama, luego respiro me arrepiento de mis últimos 10 minutos de vida y me doy cuenta que si hubiera respirado apenas pasó todo, seguramente: 1. No hubiera hecho el oso y 2. Me hubiera dado cuenta que no dolía o que ya no importaba o que simplemente era cuestión de tiempo para que todo pasara. Pero no, siempre me mandaba como gorda en tobogán, entonces como ya soy consciente de esto lo que hago ahora es que le doy mis primeras declaraciones a mis mejores amigos, les lloro, les escribo “¿por qué el mundo es tan injusto?, ¿por qué me tenían que reportar por el infeliz?” y así sucesivamente, para que ellos me respondan: “Ay Caro no jodas que sabes perfectamente que eso ya no te importaba, escríbeme en 10 minutos cuando hayas respirado” y así lo hago, escribo luego para decirles “es verdad, no es para tanto”. Igual hago el ridículo pero en confianza no afecta tanto.

Siempre habrá dolor pero está en uno voltearlo y convertirlo en fuerza. Conocerse también es importante, solo así te anticipas a ti mismo y empiezas a canalizar lo malo hacia algo bueno. En pocas palabras “no joda que igual todo pasa, todo se calma y todo mejora”.

jueves, 11 de octubre de 2018

FORMAS DE TORTURA VOLUMEN I


Decidir es tan macabro, como guardar las boletas del cine de la primera película que uno vio con el ex. No es cierto, es más macabro lo primero, pero es que ¿a quién le puede gustar tener que renunciar a algo, aun corriendo el riesgo de quedarse con lo peor? Y es que es tortuoso sentirse siempre como en "Quién quiere ser millonario" donde solo hay una respuesta correcta, pero todas se parecen y donde si uno se equivoca por lo general se va con poco o sin nada. En mi caso siempre que busco ayudas, me dan la que no quiero oír y siempre opto por mandarme como gorda en tobogán, sin siquiera haber gastado la ayuda del 50/50. Créanme, no les hablo aún de decisiones trascendentales ni mucho menos, para no ir tan lejos ¿A quién no le ha dado pánico cuando entra a un restaurante y en la carta hay más platos que sillas en el lugar? y para empeorar la cosa, tienes miradas inquisitivas que te gritan si ya sabes qué vas a pedir; es aquí donde uno por lo general elige mal y solo se da cuenta de ello cuando llegan los platos de los demás y el de uno es el más feo.

En un mundo ideal tomar una decisión implica identificar un problema, recopilar los datos necesarios para analizar la situación, luego generar alternativas y finalmente decidir lo que se hará. En mi mundo tomar una decisión implica identificar el problema –saber su nombre–, recopilar los datos –salir con él–, luego generar alternativas –pensar si me gusta mucho, poquito o nada– y finalmente decidir lo que se hará –o sea acudir a Google para saber–. No estoy jugando –es en serio lo de Google– acudo a él como método de investigación pues entre el cielo y la internet no hay nada oculto. Gracias a él he podido descubrir comportamientos inadecuados, que me han hecho salir del problema en vez de salir “CON” el problema. Porque créanme encontrar miles de selfies en donde solo se ve torso desnudo, no es tan sexi, por el contrario asusta y por supuesto ayuda para determinar que es mejor salir con paso ligero, luego correr, tomar un taxi, llegar al aeropuerto e irse a cualquier destino lejos de él. A veces cuesta comprar el tiquete no lo niego, pero esos detallitos ayudan a ver la luz al final del túnel.

Y es que en teoría como seres “racionales” que somos, estamos en la capacidad de tomar decisiones, esto es lo que nos diferencia de los animales. Sin embargo esto dista mucho de la realidad, pues muchos se hacen los animales solo con el fin de no decidir. Yo no hago parte de este grupo porque al final siempre tomo una decisión –luego me arrepiento– pero es una decisión al fin al cabo. Pienso que el hecho de arrepentirse a los 0.5 segundos de haberla tomado, no me hace tan animal como al que le huye a la decisión y solamente desaparece alegando demencia, ¿o sí?

Freud nos decía que nuestras decisiones, se basan en la lucha constante de tres fuerzas internas que tenemos: El Ello, la parte instintiva, es decir el placer. El Yo que pospone su satisfacción para el momento adecuado. Y el Superyó que es el lado moral, la lógica y la razón, éste gobierna al Yo. En pocas palabras el Ello se la pasa con ganas, el Yo también pero es un morrongo, y el Superyó es el maldito aburrido que detiene a ambos. Y en conclusión los tres se la pasan agarrados sin saber a quién hacerle caso. Si Freud viviera seguro me estaría buscando para tenerme como objeto de estudio, y luego se arrepentiría de haberme elegido, pues entendería que yo ni con sicoanálisis podría saber exactamente qué quiero. A su vez desarrollaría una nueva teoría que reemplazara la del Ello, Yo y Superyó pues conmigo comprobaría que esos tres se mataron entre ellos hace tiempo.

A mí decidir me hace entrar en pánico y no es escénico, pues para todo el mundo yo sé bien qué quiero, pero la verdad es que no tengo ni idea. Es decir, yo sé que me gusta la primera sensación de una fruta ácida, el remordimiento de comer Nutella, el placer de llorar viendo una película, la angustia de no querer pisar las rayitas de los andenes, el dolor de estómago que produce una risa interminable y la nostalgia del olor de un libro viejo; pero si me preguntan qué busco en alguien, tengo la certeza de que no lo sé. Mi historia clínica-cardiaca da fe de esto, pues por no saber qué quiero, es que tomar decisiones se me dificulta y no logro diferenciar lo que me gusta de lo que no, y es ahí donde aparezco tropezando con la piedra, encariñándome con ella, para luego darme cuenta que debí patearla en vez de guardarla en el bolso.